24 febrero 2017

DIRECTOR DE CULTURA DEL CUSCO DEJA SIN LUZ LA CASA DEL INCA GARCILASO DE LA VEGA

Foto: AUREI


El reciente director de Cultura del Cusco, VICTOR VIDAL PINO ZAMBRANO (activista político y candidato al congreso de PPK) retira de su cargo de directora a la Dra. Ana María Gálvez de Paredes en un evidente acto de injusticia y poca vergüenza.  La reconocida antropóloga y especialista en museos, es un referente por su destacada obra tanto en el centro de conservación y restauración de Tipón como el Museo Histórico Regional del Cusco - Casa del Inca Garcilaso de la Vega.
Su obra es reconocida y admirada por entendidos de las esferas culturales del Perú y del extranjero, desde que se supo la noticia no han cesado sus protestas.

Llega hasta aquí, un artículo de la reconocida ALFONSINA BARRIONUEVO, que comparto con ustedes. 
Aurei.

UNA LUZ EN EL MUSEO

por ALFONSINA BARRIONUEVO


He visto como se construye un museo y como se destruye. Fernando Cabieses recibió un elefante blanco en la Av. Javier Prado, un local ministerial que nunca funcionó, y le puso su alma. Por un tiempo corto fue “el orgullo de todos los peruanos”. Tuvo un número glorioso de salas y hasta dos o más auditorios. Después se fue minimizando. Poco a poco ha vuelto a ser casi un erial, una pampa de cemento armado.
En el Qosqo Ana María Gálvez, antropóloga y especialista en restauración, recibió con entusiasmo la histórica Casa del Inka Garcilaso. El museo que alberga pasó un buen momento con Teófilo Benavente hasta que decayó. Fue quedando a trasmano, se deslustró con los años y una pátina de abandono lo cubrió. Ella fue una tabla de salvación para la antigua morada del soldado D. de Oñate quien la cedió al capitán “cambia-banderas” Sebastián Garcilaso de la Vega, a quien la ñust’a Chinpu Oqllo le dio un hijo insigne. De hecho, no iba a naufragar. Ella fue una luz para el museo, ubicado en la waka Kugitalis, donde durmió un Inka, soñando con batallas ganadas para el imperio.
Su soplo vital reanimó las salas con montajes inspirados para pinturas y esculturas. Un día logró imprimirle más dinámica inaugurando una sala de exposiciones temporales que es solicitada desde el extranjero. En el patio, donde existió un viejo lugar de descanso o de rendición de cuentas, delimitado por torneadas columnas de piedra, encontró el espacio ideal para visualizar fechas y hechos importantes.
El sol que retoza en sus arquerías y balcones como un niño de maskapaicha y medallón de oro, estuvo atento a su trabajo creativo. Algo más para enriquecer la casa. Su equipo cumplió con creces sus indicaciones poniendo en valor un ambiente del primer piso, en el segundo andén de la waka, donde los visitantes propios y extraños pueden remontar millones de años. El museo del Inka se place ahora al sorprenderles con éste de aires antiquísimos. Un bebé gliptodonte petrificado en su puerta y un mastodonte recuperado a partir de una costilla rota. Allí la antropóloga armó salas secuenciales de las culturas cusqueñas. Hizo como Fernando Cabieses de cuartos oscuros una ala vasta donde se puede historiar, a través de reliquias sin edad y sin tiempo, cuanto se vivió en el Qosqo antes de que fuera el vaso de un lago glacial, pegado como una lágrima colosal a los Andes.
Sólo una vidente podría saber qué pasará en los próximos años con el “Museo Casa del Inka Garcilaso”, así escrito sin el agregado de Chinpu Oqllo que alarga en demasía su nombre, como eso de poner desconcentrado a las instituciones estatales que están fuera del área de Lima, como para marcar un menosprecio que se aguanta pero no se digiere. Las discriminaciones siempre molestan.
En una Semana Santa lluviosa, para más señal el Lunes de la procesión del Señor de los Temblores, aprecié su cariño y su respeto por lo nuestro. Al entrar a la plaza principal sus cofrades quitaron a la imagen del venerado Taitacha el plástico que lo protegía. Estábamos en el mismo balcón y sólo dijo: “el Cristo no debía mojarse”. Al día siguiente gente del Centro de Restauración que tenía a su cargo la acompañaron para cuidar que quedara seco, sin problemas futuros.
Ana María Gálvez ha hecho mucho más. De sus años compartidos con el centro de Tipón recuerdo al párroco que le llevó imágenes convertidas casi en leña y pinturas ennegrecidas, “para que hiciera cualquier cosa con eso”. Al año siguiente regresó con una sonrisa sarcástica, preparado para el fracaso. Se quedó mudo. No estaba listo para el esplendor rescatado.
Hay que amar estas cosas, como decía el pintor Teodoro Núñez Ureta. Las pruebas de lo contrario se ven cada día. Su reubicación para dar el mando de la Casa del Inca a otra persona no es justa. Hay que dejarla trabajar, aprovechar su ánimo, su espíritu de entrega. Que siga siendo una luz en el museo de la calle Heladeros, siempre de la mano con la cultura haciendo honor a su sangre.



1 comentario:

  1. Las personas que trabajan con ahinco son desplazadas ante el silencio complice del resto

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